RECUERDO DE MI PADRE DE LA MILI Y LA GUERRA DE MARRUECOS

Sargentos y suboficiales se reúnen en el cuartel para tomar la residencia de orden del coronel.
El diecisiete por la tarde
vino un parte a mayoría
que organice un batallón
que marchara a morería.
Tal desengaño sufrimos al enterarnos del parte que había soldado, y no es cuento, que maldecía su suerte.
El día dieciocho a las doce por un toque de corneta formamos en el batallón con todo el equipo a cuestas.
Preparados para salir y al punto de atención el coronel en voz alta mandó firme al batallón.
Y nos decía, "Soldados, os ofrezco mi talento confío en que seguiréis la historia del regimiento".
Los sargentos y oficiales clamaban al alto cielo, "Para que Dios nos ayude en la campaña de Maruecos".
Con el corazón herido y los nervios agitados demostrábamos fiereza como valientes soldados.
Desfilando por la calle, como está prohibido hablar, nos decíamos unos a otros, "Valor y tranquilidad, que Dios irá con nosotros y la Virgen del Pilar".
Contentos y emocionados llegamos a la estación porque íbamos a defender a nuestra propia nación.
Desembarcamos en Cádiz a la una de la mañana y enseguida desfilamos al cuartel de Santa Ana.
Allí estuvimos tres días aguardando embarcación hasta que vino el A Isleño que era nuestro vapor.
Por fin llegamos al puerto a embarcar en el A Isleño y todos alegres cantamos el himno del regimiento.
Todos contentos y ufanos principiamos a embarcar sin temer a los peligros de la fiereza del mar.
Al tiempo de salir el barco se oyeron dos granadinas que tocaron las cornetas en señal de despedida.
Hombres, mujeres y niños todos con pena lloraban y nos decían, "Pobres soldados, cuando volveréis a España".
El mar estaba sereno y la marea muy baja y el A Isleño en altos mares con violencia navegaba.
Y por la falta de costumbre de navegar en el charco sin haber bebido vino íbamos todos borrachos.
A las dos de la mañana el A Isleño echó el ancla y se le oyó al capitán, "Está muy buena la barra".
Asomó un remolcador seguido de una barcaza para sacarnos a tierra que ha de ser la nueva patria.
Enseguida que salimos nos forman y el general pasó revista a la fuerza que acabó de desembarcar.
Y nos decía, "Soldados, cada vez que entréis en fuego oísteis de centinela, no olvidaréis el juramento que prestáis a la bandera".
Nos llevaron a la Cruz Roja y allí tomamos el rancho y descansamos un poco antes de marchar al campo.
Nos forman y al desfilar nos echan la bendición para que tengamos suerte con este moro traidor.
Salimos en camiones directos al Tesenís y en extensos barracones nos quedamos a dormir.
Al día siguiente temprano aunque era mucho el calor continuamos la marcha para ir a Bat el Sol.
Al pasar por Megaret se quedó un destacamento de veintinueve soldados un oficial y un sargento.
En Rolba hicimos noche por ser la marcha más larga para llegar a Bat el Sol que ya poco nos faltaba.
Continuamos la marcha para llegar a Bat el Sol y pronto vino la orden de destacar el batallón.
La primera compañía para Rolba le tocó, tercera y ametralladoras siguieron en Bat el Sol.
La segunda compañía para el Tesenís marchaba y en la Cavila de los Locos les dieron una emboscada.
Y tal acierto tuvimos recién venidos de España que hicimos huir a los moros con numerosas descargas.
Pero un día tomando el rancho al capitán le dijeron que salía destinado a primera línea de fuego.
Al otro día salió la fuerza para ocupar los destacamentos de Ru Dic y Tasa Belda y de Ros y Carciacero.
A pesar de ser muy triste el estar en línea avanzada nos pasábamos el tiempo tanto o mejor que en la plaza. El día cinco de septiembre nos declararon la guerra que estando de protección mataron a un centinela.
Quién le iba a decir a aquel pobre desgraciado que a los dos días de llegar iba a ser asesinado.
Cuando al teniente coronel le dieron la novedad juró en nombre de Dios que se tenía que vengar.
El día seis por la mañana salimos de protección sin pensar que el enemigo nos acechaba a traición.
Por el flanco de la izquierda avanzaban dos guerrillas a colocarse en la loma donde fueron agredidas.
Se desbordó el enemigo haciéndonos mucho fuego y sin temerle a las balas luchamos cuerpo a cuerpo.
Así que los moros vieron relucir las bayonetas, hubo moro que huyendo perdió hasta las chancletas.
Al recoger los cadáveres para echarlos en las camillas hicimos un juramento de vengarnos otro día.
Un cabo que estuvo a punto de morir por un gumiazo al dar un salto para atras le dieron nueve balazos.
Qué santo lo libraría de aquel preciso momento que ninguna bala llegó a rozarle en el pellejo.
Tres duros que en el bolsillo de la guerrera guardaba evitando que un pacazo el pecho le atravesara.
Tan mal se puso la cosa desde aquel día en adelante que todos los días había fuego y muchas veces de noche.
Pero había tanta costumbre en sentir crujir los pacos que los tiros de fusil nos parecían cañonazos.
Haciéndole muchas bajas diarias al enemigo en vez de disminuir cada día iba más crecido.
Para reunirse de noche hacían varias candelas y ya sabíamos que al otro día atacaban con más fuerza.
Aunque estábamos muy pocos para prestar el servicio de la aguada y protección, no nos dimos por vencidos.
Pero un día como de costumbre salimos a hacer la aguada y el enemigo se opuso a que ninguno bajara.
Después de estar todo el día resistiéndonos con ellos salimos con muchas bajas y algunos prisioneros.
Tanto era el enemigo que en el arroyo aguardaba que ya nos era imposible el poder hacer la aguada.
Hasta entonces no sabíamos lo que era padecer que preferíamos morir acosados por la sed.
Salíamos como culebras arrastrados por las matas y aunque nos hacían fuego nosotros bebíamos agua.
El señor coronel Prat, que era el jefe del sector, recibió un telegrama que bien caro nos salió.
El telegrama decía en muy poquitas palabras que toda la línea de fuego tenía que ser evacuada.
Con la fuerza que allí había y una bandera del tercio se organizo una columna dispuesta a entrar en fuego.
Era el veintiséis de septiembre y salíamos muy placenteros a evacuar a Budín a Ros y Carcia Cero.
Avanzaba la columna por las cañadas y cerros sin temerle al enemigo que se mostraba tan fiero.
Cada vez que el coronel miraba por el anteojo veía que el enemigo se hacía más numeroso.
Qué descargas tan cerradas soltaban los batallones para poder conseguir retirar las posiciones.
Quedando el campo cubierto de moros pataleando y los regulares y el tercio con violencia descargando.
El desastre de aquel día no lo quisiera contar que morían los soldados implorando caridad.
Se oían multitud de heridos llamando a su padre y madre y a voces pedían agua por la falta de la sangre.
A otros se les oía llamar a su compañero para que le diera un tiro antes de ser prisionero.
Viendo el coronel los grupos del enemigo que aumentaban le dijo a su ayudante que ordenara la retirada.
Al regresar la columna sin contar con los heridos vimos que en retirada quinientos se habían perdido.
El veintinueve de septiembre siendo un día tan señalado se propuso el enemigo a dejarnos ya sitiados.
Se aprovechan de esos días llevados por la creencia que el español es beato y en esos días no pelea.
Aunque era mucho el peligro que a todos nos esperaba nos hacía estar alegres el recuerdo de la patria.
Todos dormíamos vestidos y con el correaje puesto para en caso de atacar ponernos al parapeto.
Teníamos que prohibirnos salir fuera de la alambrada porque en el cerrillo de enfrente tenían la guardia montada.
Y de noche se reunían aullando como las fieras y se pasaban los días metidos en las trincheras.
Con un sorbo de té y una chupada de kifi se ponen a paquear y cualquiera los resiste.
Cuando estábamos reunidos en las tiendas de campaña hablábamos de la situación que tan mal se presentaba.
Unos decían con pena, "El pan ya se nos ha acabado, la comida disminuye y el hambre amenazando".
Otros fingían dormir para distraer el hambre y encontraban medicina pensando en su padre y madre.
En nuestro vientre las tripas se movían por el aire y sentíamos que las chicas comían a las grandes.
El teniente coronel viendo el cuento mal parado se puso el agua a ración a oficiales y soldados.
De un depósito que había dentro de la protección nos daban todos los días una pequeña ración. Así pasaron los días para todos los soldados esperando la noticia de poder ser licenciados.
Nos invadía la tristeza a todas las compañías por tener falta de agua, mucha escasez de comida.
De los ribazos del monte salían moros a porrillos como si fueran hormigas que se meten en sus casillas.
Y le pedíamos a Dios la ocasión para matarlos prefiriendo no comer pero verlos derribados.
Así llego nuestra hora que la guerra terminara y regresamos a España dando cuenta de las bajas. Escrito por Antonio Morales Muñoz;
posiblemente entre 1922 y 1924. Ha sido copiado por su hijo de una libreta de recuerdos, así lo consta y lo firma José Manuel Morales Alonso El Cristo, en Pallejà a 30 /3/07.
Tal desengaño sufrimos al enterarnos del parte que había soldado, y no es cuento, que maldecía su suerte.
El día dieciocho a las doce por un toque de corneta formamos en el batallón con todo el equipo a cuestas.
Preparados para salir y al punto de atención el coronel en voz alta mandó firme al batallón.
Y nos decía, "Soldados, os ofrezco mi talento confío en que seguiréis la historia del regimiento".
Los sargentos y oficiales clamaban al alto cielo, "Para que Dios nos ayude en la campaña de Maruecos".
Con el corazón herido y los nervios agitados demostrábamos fiereza como valientes soldados.
Desfilando por la calle, como está prohibido hablar, nos decíamos unos a otros, "Valor y tranquilidad, que Dios irá con nosotros y la Virgen del Pilar".
Contentos y emocionados llegamos a la estación porque íbamos a defender a nuestra propia nación.
Desembarcamos en Cádiz a la una de la mañana y enseguida desfilamos al cuartel de Santa Ana.
Allí estuvimos tres días aguardando embarcación hasta que vino el A Isleño que era nuestro vapor.
Por fin llegamos al puerto a embarcar en el A Isleño y todos alegres cantamos el himno del regimiento.
Todos contentos y ufanos principiamos a embarcar sin temer a los peligros de la fiereza del mar.
Al tiempo de salir el barco se oyeron dos granadinas que tocaron las cornetas en señal de despedida.
Hombres, mujeres y niños todos con pena lloraban y nos decían, "Pobres soldados, cuando volveréis a España".
El mar estaba sereno y la marea muy baja y el A Isleño en altos mares con violencia navegaba.
Y por la falta de costumbre de navegar en el charco sin haber bebido vino íbamos todos borrachos.
A las dos de la mañana el A Isleño echó el ancla y se le oyó al capitán, "Está muy buena la barra".
Asomó un remolcador seguido de una barcaza para sacarnos a tierra que ha de ser la nueva patria.
Enseguida que salimos nos forman y el general pasó revista a la fuerza que acabó de desembarcar.
Y nos decía, "Soldados, cada vez que entréis en fuego oísteis de centinela, no olvidaréis el juramento que prestáis a la bandera".
Nos llevaron a la Cruz Roja y allí tomamos el rancho y descansamos un poco antes de marchar al campo.
Nos forman y al desfilar nos echan la bendición para que tengamos suerte con este moro traidor.
Salimos en camiones directos al Tesenís y en extensos barracones nos quedamos a dormir.
Al día siguiente temprano aunque era mucho el calor continuamos la marcha para ir a Bat el Sol.
Al pasar por Megaret se quedó un destacamento de veintinueve soldados un oficial y un sargento.
En Rolba hicimos noche por ser la marcha más larga para llegar a Bat el Sol que ya poco nos faltaba.
Continuamos la marcha para llegar a Bat el Sol y pronto vino la orden de destacar el batallón.
La primera compañía para Rolba le tocó, tercera y ametralladoras siguieron en Bat el Sol.
La segunda compañía para el Tesenís marchaba y en la Cavila de los Locos les dieron una emboscada.
Y tal acierto tuvimos recién venidos de España que hicimos huir a los moros con numerosas descargas.
Pero un día tomando el rancho al capitán le dijeron que salía destinado a primera línea de fuego.
Al otro día salió la fuerza para ocupar los destacamentos de Ru Dic y Tasa Belda y de Ros y Carciacero.
A pesar de ser muy triste el estar en línea avanzada nos pasábamos el tiempo tanto o mejor que en la plaza. El día cinco de septiembre nos declararon la guerra que estando de protección mataron a un centinela.
Quién le iba a decir a aquel pobre desgraciado que a los dos días de llegar iba a ser asesinado.
Cuando al teniente coronel le dieron la novedad juró en nombre de Dios que se tenía que vengar.
El día seis por la mañana salimos de protección sin pensar que el enemigo nos acechaba a traición.
Por el flanco de la izquierda avanzaban dos guerrillas a colocarse en la loma donde fueron agredidas.
Se desbordó el enemigo haciéndonos mucho fuego y sin temerle a las balas luchamos cuerpo a cuerpo.
Así que los moros vieron relucir las bayonetas, hubo moro que huyendo perdió hasta las chancletas.
Al recoger los cadáveres para echarlos en las camillas hicimos un juramento de vengarnos otro día.
Un cabo que estuvo a punto de morir por un gumiazo al dar un salto para atras le dieron nueve balazos.
Qué santo lo libraría de aquel preciso momento que ninguna bala llegó a rozarle en el pellejo.
Tres duros que en el bolsillo de la guerrera guardaba evitando que un pacazo el pecho le atravesara.
Tan mal se puso la cosa desde aquel día en adelante que todos los días había fuego y muchas veces de noche.
Pero había tanta costumbre en sentir crujir los pacos que los tiros de fusil nos parecían cañonazos.
Haciéndole muchas bajas diarias al enemigo en vez de disminuir cada día iba más crecido.
Para reunirse de noche hacían varias candelas y ya sabíamos que al otro día atacaban con más fuerza.
Aunque estábamos muy pocos para prestar el servicio de la aguada y protección, no nos dimos por vencidos.
Pero un día como de costumbre salimos a hacer la aguada y el enemigo se opuso a que ninguno bajara.
Después de estar todo el día resistiéndonos con ellos salimos con muchas bajas y algunos prisioneros.
Tanto era el enemigo que en el arroyo aguardaba que ya nos era imposible el poder hacer la aguada.
Hasta entonces no sabíamos lo que era padecer que preferíamos morir acosados por la sed.
Salíamos como culebras arrastrados por las matas y aunque nos hacían fuego nosotros bebíamos agua.
El señor coronel Prat, que era el jefe del sector, recibió un telegrama que bien caro nos salió.
El telegrama decía en muy poquitas palabras que toda la línea de fuego tenía que ser evacuada.
Con la fuerza que allí había y una bandera del tercio se organizo una columna dispuesta a entrar en fuego.
Era el veintiséis de septiembre y salíamos muy placenteros a evacuar a Budín a Ros y Carcia Cero.
Avanzaba la columna por las cañadas y cerros sin temerle al enemigo que se mostraba tan fiero.
Cada vez que el coronel miraba por el anteojo veía que el enemigo se hacía más numeroso.
Qué descargas tan cerradas soltaban los batallones para poder conseguir retirar las posiciones.
Quedando el campo cubierto de moros pataleando y los regulares y el tercio con violencia descargando.
El desastre de aquel día no lo quisiera contar que morían los soldados implorando caridad.
Se oían multitud de heridos llamando a su padre y madre y a voces pedían agua por la falta de la sangre.
A otros se les oía llamar a su compañero para que le diera un tiro antes de ser prisionero.
Viendo el coronel los grupos del enemigo que aumentaban le dijo a su ayudante que ordenara la retirada.
Al regresar la columna sin contar con los heridos vimos que en retirada quinientos se habían perdido.
El veintinueve de septiembre siendo un día tan señalado se propuso el enemigo a dejarnos ya sitiados.
Se aprovechan de esos días llevados por la creencia que el español es beato y en esos días no pelea.
Aunque era mucho el peligro que a todos nos esperaba nos hacía estar alegres el recuerdo de la patria.
Todos dormíamos vestidos y con el correaje puesto para en caso de atacar ponernos al parapeto.
Teníamos que prohibirnos salir fuera de la alambrada porque en el cerrillo de enfrente tenían la guardia montada.
Y de noche se reunían aullando como las fieras y se pasaban los días metidos en las trincheras.
Con un sorbo de té y una chupada de kifi se ponen a paquear y cualquiera los resiste.
Cuando estábamos reunidos en las tiendas de campaña hablábamos de la situación que tan mal se presentaba.
Unos decían con pena, "El pan ya se nos ha acabado, la comida disminuye y el hambre amenazando".
Otros fingían dormir para distraer el hambre y encontraban medicina pensando en su padre y madre.
En nuestro vientre las tripas se movían por el aire y sentíamos que las chicas comían a las grandes.
El teniente coronel viendo el cuento mal parado se puso el agua a ración a oficiales y soldados.
De un depósito que había dentro de la protección nos daban todos los días una pequeña ración. Así pasaron los días para todos los soldados esperando la noticia de poder ser licenciados.
Nos invadía la tristeza a todas las compañías por tener falta de agua, mucha escasez de comida.
De los ribazos del monte salían moros a porrillos como si fueran hormigas que se meten en sus casillas.
Y le pedíamos a Dios la ocasión para matarlos prefiriendo no comer pero verlos derribados.
Así llego nuestra hora que la guerra terminara y regresamos a España dando cuenta de las bajas. Escrito por Antonio Morales Muñoz;
posiblemente entre 1922 y 1924. Ha sido copiado por su hijo de una libreta de recuerdos, así lo consta y lo firma José Manuel Morales Alonso El Cristo, en Pallejà a 30 /3/07.



Tu poema sencillo y para hacerle homenaje a tu padre,
sigue haciendo poemas de eso que a ti te cree inspiración sigue a si es crear lo nuestro.
¡Enhorabuena! Higinio. (Comment this)
Que te quiso y te recuerdo (Comment this)
Lo saludo desde aqui y que me espere a ya riba que el año 2050 Yo abandonare esta vida.
Alonso el Cristo (Comment this)