L’HEREU
LARA PI
LARA PI

Un mediodía de julio la encontré en el riachuelo de las Rovires, sola y abandonada.
Mi boca estaba seca como la suela de una alpargata y mi piel deshidratada, por la caminata.
Su cuerpo fresco y sus curvas redondas, me dejaron ensimismado y empecé a babear como un perro de raza.
Saqué la navajuela, cuya utilidad era cortar los espárragos que ni por casualidad encontraba. Excitado miré a todos lados y, sin preámbulo, le asesté el primer tajo, su boca se abrió fresca y roja, tan tentadora.
Fue un momento sublime, incitándome al desenfreno de con ella saciar mi necesidad y mi aglutinada ansiedad.
Corté por aquí y por allá. Su rojo y jugoso corazón lo dejé para el final.
No he pagado por ti y, como me pillen se va a liar.
No importa, porque lo que yo he gozado hoy en la vida no lo voy a olvidar, estoy tan satisfecho e inflado que no puedo ni andar.
He guardado cuidadosamente tus pepitas con todo el respeto y humildad.
Con buen abono en mi jardín las voy a sembrar, las voy a regar y cuidar.
Cuando tenga fruto la llevaré a bañar, al arroyo de la Rovira esperando con ilusión que algún sudoroso andante, la pueda encontrar y disfrutar.
Y visualice el propósito como un acto sagaz de caridad.
Gracias al payés que la sandía a refrescar dejó, quizás sin querer organizó la cadena de disfrute y redención.
Gracias primera gozosa sandía. Mis hijos amigos y nietos oirán hablar de ti y de este memorable día.

Abril 2007
Un día cualquiera, no recuerdo en qué tienda o si fue en una parada del mercado. Sí recuerdo que aquel día tenía un dinero extra que me habían pagado. Allí estaba, con sus flores variopintas, ocre, azulón, blanco y dorado. Una guata estupenda, pero no me gustó lo oscuro de su estampado. Cuando la toqué, la suavidad de su lado sedoso se adhirió a mis manos y a su contacto comprendí que era lo que andaba buscando. Bata mía, qué calor más agradable das y cuántos días juntas vamos a pasar. Ha pasado el tiempo y todos los inviernos has sido mi jubón. Cuánto frío me has quitado y cuanto me has ahorrado en calefacción. Aquel treinta y uno de mayo de 2001, sin presentimiento ni aviso, la mas aberrante desesperación marcó nuestro sino . La más oscura incertidumbre, lo inexplicable había ocurrido. La muerte paseando placentera arrancó la juventud, las ilusiones, los sueños y el amor de un ser tan querido. Bata mía, tu contacto me habría ungido, pero la calidez del clima te había apartado en el altillo. Mis pechos, mi vientre, mi espalda dolorida y mis caderas se encontraban entre tu mullida tela. En las noches ventadas y frías de tormenta, mientras duermen todos yo me arrebujo contigo para resguardar del balcón las macetas y recoger el toldo. Bata mía, hemos compartido tantas noches de sábado acurrucadas en vela, esperando que mi hijo y mi hija regresaran sin que el padre se diera cuenta ¡Y las regañinas que me echaban por esperarles levantada! Bata mía, bata vieja, has sido como una cálida segunda piel. Compartiste mis llantos en enero de 2004 cuando me detectaron una enfermad muy cruel y los gestos de alegría cuando en el 2005 la gravedad de la enfermedad había aminorado. Bata mía, he pasado tantos inviernos embutida en ti, que aunque mi familia me encrespase yo no podía prescindir. He buscado en almacenes y fábricas alguna gemela de ti. Encontré a tu prima hermana, también a una prima lejana. ¡Guardadas están, yo te prefiero a ti! Cuántas noches de insomnio pensando, la rabia y la impotencia me hacían llorar y los días en que la absurdez del entorno me hacían rebelar, tu agradable contacto calmaba mi ansiedad. Hace más de un invierno que tus puños se deshilacharon y los botones se rajaron, pero no pude deshacerme de ti. Bata mía, bata vieja, este nueve de diciembre de 2006, después de ochenta y dos días de duermevela, con el corazón encogido y los sentidos alerta lo inaceptable sucedió: la muerte absurda se lo llevó, dejándome sin esperanza, sumida en un mar de incomprensión. Cuando me recogí en casa, te pegue a mi cuerpo durante días, como si tu gastado forro compartiera mi pena en el invierno más negro y triste de mi vida. Bata mía, eres solo un harapo pero guardas la sapienza de lo viejo y entre tus entretelas me he sentido confortada y acariciada. Día veintidós de abril de 2007, día de eventos en el pueblo, me invitaron al espectáculo de estreno Mientras esperaba para entrar, las piernas me empezaron a temblar. Acongojada y con un nudo en la garganta me fui. Cuando llegué a casa me abracé a ti buscando el consuelo del abrazo de una hermana y durante dos horas te llene de babas y lágrimas hasta que me relajé. Bata mía, que viejecita y suave estás, hemos pasado tanto frío, penas y gloria juntas que no te puedo tirar, ni quiero alejarte de mí. Siento que los pensamientos, llenos de dudas e incertidumbres de mi agobiada cabeza, necesitan descansar ¡Dónde mejor, compañera! En ti y de tus harapos voy a hacerme un cojín.
Te ríes de los que te pagan la comida y la ropa. Tú dices que pringan porque trabajan.
Dicen los que te quieren que tu vandalismo es inofensivo, como disculpa a tus hazañas.
Mírate al espejo, profundiza en el interior de tu pupila dilatada. Puede que muy en el fondo descubras que tienes un alma. Agarra con fuerza papel y lápiz y desnuda tus pensamientos y plasma tus emociones con la palabra. Ayúdate, quedemos en http://lamolinada.blog.com/